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domingo, 5 de marzo de 2023

¿Ética y ciencia deben ir de la mano?

Cuando pensamos en la rama del conocimiento científico cuyos usos prácticos han creado más controversias a lo largo de la historia de la ciencia, sin duda tenemos que pensar en primer lugar en la carrera atómica que se sucedió durante los años de la Segunda Guerra Mundial entre la Alemania nazi y la América de los aliados y que desembocó, por desgracia, en la detonación de dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.

Tampoco debemos olvidar el período de la Guerra Fría que aconteció después y en las tensiones que se produjeron entre Estados Unidos y la URSS que acabaron con ambos países armados atómicamente con bombas cuya explosión sería bastantes veces peor que las que se produjeron en el período de la guerra.

Si lo pensamos, las tensiones entre países siempre han existido y se han dado a lo largo de todo el período histórico. El problema es que, actualmente, un conflicto de tales proporciones terminaría prácticamente con la raza humana debido a que la tecnología usada en las guerras ha avanzado en sintonía con los conocimientos científicos y técnicos que se han producido a lo largo del tiempo.

La Europa del siglo XIX empezó, científicamente hablando, con un período en donde los científicos más conocidos y prestigiosos intercambiaban ideas día sí y día también. Se produjeron varios congresos con diversas ramas de la física y la química como protagonistas y el afán por obtener el Premio Novel en esos primeros años condujo a los mayores avances científicos en la física teórica de la época moderna.

La cooperación entre físicos era usual, fueran del país que fueran, ya que las discusiones y conversaciones entre ellos permitía avanzar más rápidamente en las distintas teorías y soluciones ya que el ambiente era estimulante a la vez que competitivo.

La Primera Guerra Mundial supuso un primer retroceso a esta nueva forma de hacer ciencia, con el Manifiesto de los 93 en donde la firma de la mayoría de alemanes ilustres de la época en ciencia y cultura supuso para el resto del mundo un revés al interpretar la guerra como algo horrífico y que no debía estar sucediendo.

Por suerte para la ciencia, las diferencias acabaron con la derrota de Alemania y se pudieron volver a realizar tanto conferencias como colaboraciones entre ambos bandos. Un ejemplo de esto es la Conferencia de Solvay de 1927, en donde se reunieron aproximadamente una treintena de científicos, la mayoría químicos y físicos, para hablar sobre electrones y fotones, en un ambiente en donde se estaba desarrollando desde hacía unos años la rama de la física a la que conocemos como mecánica cuántica.

La escalada de un nuevo conflicto bélico debido a la entrada del Adolf Hitler en el poder supuso un nuevo revés, está vez casi definitivo, entre los científicos alemanes y el resto de personas de ciencia del resto de Europa.

Aunque muchos científicos habían contribuido en la Primera Guerra Mundial con sus experimentos en el intento de acabar cuanto antes con la masacre (por ejemplo, con la creación de diversos gases tóxicos), en la Segunda Guerra Mundial es donde podemos empezar a ver el límite al que se puede llegar entre ciencia y ética.

Tanto alemanes como aliados crearon sendos laboratorios intentando construir una bomba atómica tras el descubrimiento teórico de la fisión nuclear, en el que un elemento pesado podía romperse tras un choque con un neutrón y dividirse en dos elementos más ligeros creando una gran cantidad de energía en el proceso que podía replicarse hasta obtener una reacción en cadena.

Hay muchos textos referidos a tal período, tanto en lo que ocurrió por la parte de la Alemania nazi, sobre todo protagonizada por su científico más conocido, Werner Karl Heisenberg, como en el laboratorio que se creó en Los Álamos y en donde multitud de científicos aliados trabajaron hasta obtener las dos bombas atómicas que terminaron con el conflicto.

Intentando simplificar, la cuestión es si esos científicos aliados sabían el poder de destrucción de lo que estaban desarrollado realmente y si Heisenberg pudo intuirlo y concluir que un arma de tal destrucción no debía ser jamás desarrollada ni dada al genocida que controlaba su país en aquellos años.

Tras la guerra, muchos de los científicos aliados que habían participado en ese experimento rehusaron seguir colaborando en la carrera armamentística que se estaba desarrollando en Estados Unidos para protegerse de la URSS, pues sus aspiraciones eran obtener bombas y armas mucho más potentes. Un ejemplo de este tipo lo encontramos en Einstein, que huyó de la Alemania nazi por ser judío y que siempre se opuso a tal escalada del conflicto. Otro es el de Oppenheimer, aquel que fuera el director del laboratorio de Los Álamos y que rehusó a él tras las consecuencias creadas por la detonación de la bomba que había creado, aunque no fuera en realidad el que dio la orden de detonarla.

La ciencia, desde sus inicios, ha intentado comprender y entender la naturaleza y las leyes que rigen el mundo. Por sí misma, la ciencia no es ni buena ni mala, pues solo es el conocimiento adquirido hasta cierto momento sobre un tema concreto. Las aplicaciones de la ciencia, por el contrario, si pueden llegar a serlo. La bomba atómica puede que fuera el mayor invento destructivo jamás creado hasta ese momento, pero antes que ella habían sido otros como la catapulta, la pistola, la guillotina, los cañones, la dinamita, los aviones de combate…

El problema fue que esos otros elementos podían usarse tanto para el bien como para el mal según fuera el caso, aunque la única misión de algunos fuera acabar con la vida de una cierta persona. Pero la bomba atómica es una máquina de destrucción, no es algo que se pueda llegar a controlar, y su único uso es destruir todo aquello cercano al lugar en donde explota y crear un ambiente radiactivo muy difícil de eliminar y que impide la vida muchos años después de haber sido detonada.

Una vez usada, la bomba acaba con miles de vidas humanas, tanto buenas como malas. Es indudable que los dirigentes de la Alemania nazi eran malas personas y, desde cierto punto de vista, la misión de acabar con ellas podía llegar a estar justificada. Así como la de muchos mandos intermedios o soldados que, aunque no tuvieran todos los conocimientos necesarios para entender el conflicto, habían decidido activamente luchar por su país y por los ideales de su dictador.

Pero si hubiera caído la bomba en Alemania, no habrían sido solo las vidas de esas personas las sesgadas por ella. Habrían sido muchas más, personas inocentes que solo intentaban sobrevivir mientras las mayores potencias mundiales, poderes muy por encima de cualquiera, se pegaban y jugaban con sus vidas como puede jugar un niño con sus coches de juguete.

La ciencia, como todo, debería estar regida por una ética en la que las opiniones de uno no fueran superiores que las del resto. El conocimiento, como bien dicen, es poder. Y no todas las personas deben poseer ese conocimiento si con este solo van a causar desgracias y destrucción.

Ahora mismo se están realizando numerosos avances en el uso de robots y de inteligencia artificial, pero, como con todo, esos avances pueden crear máquinas que puedan usarse tanto para mejorar la vida de la población en general o pueden servir para enriquecer solo unos pocos.

Las cuestiones entre ética y ciencia son muy difíciles de medir porque puede haber opiniones muy controvertidas y que no satisfagan al resto. Personalmente, a mí me gustaría vivir en un mundo en donde los avances científicos sirvieran para mejorar la vida de la sociedad en general. Donde pudiéramos convivir los humanos y la nueva tecnología creada a través del uso de la ciencia. Por desgracia, y por mucho que me pese, pienso que vivimos en un mundo donde los intereses capitalistas de unos pocos reinan sobre el resto que conforma la mayoría y, hasta que no se produzca una revolución de las masas, no vamos a poder llegar a ese mundo utópico en donde los usos de los nuevos elementos que se crean debido a la mejora de la tecnología y de la ciencia se utilicen para ese interés general y no para continuar con la tendencia en la que estamos y en donde solo los más poderosos, que usualmente están relacionados con los más ricos, deciden según su beneficio propio y no sobre el de todos los demás.

La conferencia de Solvay de 1927

Cuando pensamos en la divulgación de la ciencia actual, se nos vienen a la cabeza los congresos con muchos asistentes de distintas ramas dando charlas rápidas sobre temas concretos o la conferencia de un científico de una rama concreta durante un período de tiempo que suele superar la media hora.

Vemos normal que muchas personas interesadas se junten a hablar sobre ciencia y pensamos que existen multitud de congresos científicos a los que se puede asistir actualmente.

Hace casi un siglo en Brusela, en octubre del año 1927, tuvo lugar una de esas conferencias y lo que se discutió principalmente fueron las nuevas teorías de entonces que versaban sobre la mecánica cuántica.

En la siguiente imagen se puede ver una foto de los principales asistentes de esa conferencia. En ella aparecen un montón de científicos distinguidos, la mayoría de ellos físicos, que conocemos a día de hoy por sus diversas aportaciones en la ciencia. Destacamos entre ellos a Max Plank, Albert Einstein, Erwin Schröndiger, Werner Heisenber, Max Born, Niels Borh y, como mujer, a Marie Curie.

Estos científicos fueron muy importantes en ese entonces y también fueron importantes en lo que acontecería pocos años después, en la mayor catástrofe jamás conocida. Para el que no lo haya entendido: en la Segunda Guerra Mundial.

Limitándonos a esos años anteriores, puesto que las reflexiones sobre esos aciagos días los analizaremos en una entrada posterior, la conferencia de Solvay de 1927 fue la quinta de una serie de conferencias que empezaron en el año 1911.

Las cuatro conferencias anteriores, así como la que nos ocupa, habían tratado sobre la física más en boga de aquellos momentos. La primera estuvo protagonizada por la radiación, la segunda por la estructura de la materia, la tercera por los átomos y los electrones, la cuarta por la conducción eléctrica de los metales y la quinta por los electrones y los fotones. Podemos señalar los temas principales de las dos siguientes conferencias, que también ocurrieron antes del período de la Segunda Guerra Mundial. Estas versaron sobre el magnetismo y sobre la estructura del núcleo atómico.

El que los principales físicos de la época, pertenecientes a una gran multitud de países, fueran invitados a participar en las distintas conferencias nos indica de forma muy clara que las colaboraciones científicas en física y química fueron la característica principal de aquellos años.

Es indudable que un pequeño grupo de personas no hubiera podido desarrollar la mecánica cuántica por sí misma. Los experimentos en los laboratorios y la forma de hacer cálculos habían empezado a ser cosa de muchos y no de un solo genio plasmando sus teorías en un papel.

De hecho, los laboratorios posteriores tanto de la Alemania nazi como de los aliados en Los Álamos estaban constituidos por una diversidad de equipos en donde hacían falta una gran cantidad de perfiles científicos diferentes.

Los científicos en esos años se dedicaban a rebatirse y colaborar entre sí para desarrollar nuevas teorías. Muchos de los conceptos de la teoría cuántica no habrían sido desarrollados en esta época si Einstein, Borh, Heisenberg, Schrödiner o Planck no hubieran discutido sobre ellos largas horas hasta convencerse a sí mismos y a sus contrarios que lo que decían tenían que ser correcto.

Al final, es cierto el dicho de que dos mentes piensan más que una y, si en vez de dos mentes, tenemos más de veinte y todas expertas en una rama de la ciencia concreta, los resultados satisfactorios están más que garantizados.

El Club Pickering y lo que significó para las científicas

El club de Pickering es el nombre que recibe coloquialmente el conjunto de mujeres científicas que ayudaron al astrónomo Edward Charles Pickering, director del Observatorio de Harvard en Cambridge, a clasificar miles de estrellas. Otro nombre por el que se conoce a este club es el de las Calculadoras de Harvard.

Dentro de este grupo de mujeres encontramos a algunas científicas que acabaron siendo bastante conocidas como Williamina Fleming o Henrietta Leavitt que, tras el estudio de las estrellas cefeidas, determinó un sistema para medir la distancia a la que se encontraba cada estrella de nosotros según el brillo que emitía en su observación. Este sistema fue utilizado por otros científicos posteriores y sirvió para medir la distancia a la Vía Láctea de otras galaxias que contenían estrellas cefeidas en su interior.

Viendo la fotografía anterior, nos preguntamos cuál fue la razón que tuvo Pickering para contratar a un grupo tan considerable de mujeres en su trabajo de investigación. La respuesta no podrá sorprendernos menos: el dinero. En trabajos tan repetitivos como clasificar miles de estrellas por medio de sus imágenes y espectrogramas no es necesaria la sabiduría de genios astrónomos para su realización y el coste por el trabajo de una mujer era considerablemente más barato que el mismo que realizaba un hombre.

A pesar de esto, trabajar en este grupo supuso más cosas buenas que malas para cada una de las mujeres que lo formaron. Es obvio que, para la época (de 1877 a 1919), ser mujer y científica no era una tarea fácil ni remotamente valorada. Muchas de las mujeres científicas que lo habían sido hasta ese momento lo eran por ser las “mujeres de” o “las hijas de”, referido en el primer caso a que el científico importante era el marido y no la mujer, que simplemente lo ayudaba en sus experimentos, y en el segundo a que la ciencia para las mujeres tenía una barrera de entrada muy alta y solo se podía vivir de ello si tenías una familia adinerada o los contactos suficientes para entrar en ese mundo.

No es de extrañar, tampoco, que muchas mujeres con las capacidades suficientes se hayan quedado en el camino durante todos los siglos en lo que no ha reinado la igualdad en la ciencia entre hombres y mujeres. De hecho, tampoco ahora parece que se haya corregido del todo esa tendencia, teniendo en cuenta el ratio de mujer/hombre en carreras científicas y los sesgos adquiridos desde edades muy jóvenes en los que se piensa que la ciencia es una tarea de señores mayores con barba, muy listos y, usualmente, con una bata de laboratorio.

Al final, la oportunidad que tuvieron estás mujeres para trabajar en lo que más les gustaba fue muy grande. Muchas de ellas pudieron seguir trabajando en tareas científicas tras demostrar que eran igual de válidas o incluso mejores que los hombres astrónomos.

A pesar de ello, el cambio que supusieron para las generaciones posteriores no fue tan grande como nos hubiera gustado. Para llegar al destino final y tener una ciencia en la que no importe el género de la persona que lo realiza tanto ahora, como entonces, hay que ir avanzando a pasos cortos, mucho más cortos de los que esperaríamos muchas de nosotras.

Pero, aún así, el grupo de mujeres que formaron las Calculadoras de Harvard fue, sin lugar a duda, un hecho que sirvió de precedente a lo que estaba por venir pues, por pequeña que sea, la representación femenina sigue siendo representación y aunque sea muy de poco a poco, cada vez tendremos más referentes femeninos en los que fijarnos nosotros y el resto de niñas y niños cuando pensemos en ciencia.

 

La correlación entre la ciencia y la tecnología

Para poder hablar de las dependencias entre ciencia y tecnología, primero tenemos que definirlas. Tras hacer una búsqueda rápida con el móvil obtenemos lo siguiente:

- Ciencia: rama del saber humano constituida por el conjunto de conocimientos objetivos y verificables sobre una materia determinada que son obtenidos mediante la observación y la experimentación, la explicación de sus principios y causas y la formulación y verificación de hipótesis y se caracteriza, además, por la utilización de una metodología adecuada para el objeto de estudio y la sistematización de los conocimientos. Similar: técnica, tecnología, conocimiento, saber, sabiduría, erudición.

- Tecnología: conjunto de los conocimientos propios de una técnica/conjunto de instrumentos, recursos técnicos o procedimientos empleados en un determinado campo o sector. Similar: técnica, ciencia.

Como podemos observar, Google nos enlaza ambos conceptos y nos indica claramente que están relacionados entre sí tras darnos su definición. Ambos, además, tienen que ver con la palabra “técnica”, así que vamos a añadir su definición también:

- Técnica: conjunto de procedimientos o recursos que se usan en un arte, una ciencia o una actividad determinada, en especial cuando se adquieren por medio de su práctica y requieren habilidad.

Si nos fijamos, veremos que, al final, la tecnología es el conocimiento de la parte práctica de cada ciencia. Una rama científica está formada por el conjunto de conocimientos teóricos que se saben de ella (ciencia), por los recursos que se usan para desarrollarla (técnica) y por los conocimientos prácticos que se han aprendido para su desarrollo (tecnología).

Y, aunque parece una paradoja, muchas veces el proceso no sigue el curso que se consideraría natural, es decir, muchas veces se construyen máquinas de un cierto tipo y luego se ve la utilidad que tiene esa misma máquina en una rama científica concreta para explicar o comprender cierto fenómeno científico.

Así, aunque muchas veces el conocimiento teórico puede volcarse después en algo práctico, en otros casos funciona al revés y primero viene la máquina y luego la explicación de porqué funciona y que es lo que significa para el conocimiento del mundo.

Dicho de otro modo, la ciencia trata de conocer y comprender la naturaleza de todos los fenómenos que nos rigen, mientras que la tecnología busca crear productos y servicios necesarios para las personas.

Muchas veces, se realizan los cálculos primero y se crea a partir de ellos, mientras que en otras ocasiones es la experimentación la que da el resultado final y luego se analiza el porqué de ese conjunto de características y se le trata de dar un significado científico.

Al final, la ciencia no tiene límites e intenta por todos los medios explicar el mundo que nos rige. La tecnología, por el contrario, está limitada por las leyes naturales del mundo, por lo que tiene bastante sentido intentar encontrar un sentido científico a lo que se construye ya que solo lo que se construye y funciona tiene validez en el mundo real.

domingo, 29 de enero de 2023

Goethe y sus ideas sobre ciencia

Johann Wolfgang von Goethe fue un personaje ilustre, mucho más conocido por sus obras en literatura como poeta o escritor que por sus controvertidos tratados científicos como naturalista. Sus principales obras científicas se corresponden con la constatación de que todos los vertebrados, incluido el hombre, tienen hueso intermaxilar, distintos trabajos sobre la morfología de las plantas y el estudio de los minerales (de la que tenía una gran colección superior a los 9000 ejemplares) y, como trabajo más comprometido, diversos estudios realizados sobre la teoría del color.

Goethe fue un gran defensor de la experimentación y de la recopilación de pruebas entre la idea (o hipótesis) de una teoría científica y su consiguiente resumen tras la demostración como un resultado general a partir de todos los hechos encontrados. Sus principales controversias con el mundo científico de la época venían de que él rechazaba el paso que se venía realizando entre la teoría y la conclusión sin suficientes pruebas fehacientes para poder pasar de una parte a otra.

Juntar estos ideales y poner como ejemplo principal de su rechazo la teoría de Newton de que la luz blanca se descomponía en el resto de los demás colores, le produjo muchas discusiones y dolores de cabeza cuando se enfrentó a los demás científicos (para los que Newton tenía mucho más de genio que de persona).

Goethe no rechazaba las ideas de Newton, lo que quería era hacer ver al resto de sus compañeros que no se podía probar con un simple experimento de un prisma que del color blanco se pasará a los otros siete colores (rojo, naranja, amarillo, verde, cian, azul y violeta). Para plasmar sus ideas, realizó numerosos experimentos con prismas, en donde un pequeño cambio en las condiciones iniciales (tamaño del prisma, grosor del haz de luz utilizado, orientación del prisma que recibe el haz de luz, distancia del prisma a la pared donde se proyectaba, etc.) daba resultados distintos, tanto de los colores que se proyectaban, como del grosor de estos en el plano de proyección.

Quizá Goethe no fuera un científico al uso para la época que le correspondía, pero para mí es indudable que dentro de los estándares actuales su método de experimentación para llegar a las conclusiones de sus hipótesis está dentro de lo que denominaríamos ciencia. Y, para mí, también es muy importante estudiar en la materia de la historia de la ciencia no solo a los personajes ilustres que ya conocemos todos, sino también a aquellos que en su época se salieron del camino y que no han sido tan conocidos en esa faceta como en otras. De hecho, conocemos a Goethe por sus trabajos de literatura y, por consiguiente, leer aunque sean sus trabajos científicos nos parece interesante ya no por la ciencia en sí, sino para hacernos una idea de cómo era esa persona que destacó como poeta en su tiempo.

Esta última reflexión me hace llegar a pensar que quizá nos estemos perdiendo una ingente cantidad de científicos que se salieron de lo que se hacía en su tiempo, no llegaron a destacar en ningún campo y han quedado olvidados con el paso de los siglos. Goethe es un ejemplo de uno de ellos que hemos podido recuperar debido a sus contribuciones en otros temas ajenos a la ciencia, pero, quién sabe, quizá haya muchos otros esperando a ser rescatados. O incluso sin la posibilidad de serlo porque no nos han quedado constancias científicas de sus avances con el pasar del tiempo, como mucha de la ciencia islámica o de la ciencia africana que se transmitía de forma oral.

Por un lado, me inquieta, pero por otro me anima a seguir estudiando la historia de la ciencia, siempre anhelante a los nuevos temas o a la nueva forma de ver unos personajes que ya conocía de un modo, pero con los que no había llegado a profundizar en muchos aspectos.

Le calendrier révolutionnaire

O, en otras palabras, el calendario revolucionario, que fue el calendario que se impuso en Francia tras la revolución francesa como una forma de desligarse de los elementos más característicos del antiguo régimen.

El calendario revolucionario fue confeccionado por los sabios (científicos) de la época y, como no podría ser de otro modo tras dedicárselo a uno de los matemáticos, su estructura sigue un patrón bastante simétrico: empieza en el equinoccio de otoño, tiene doce meses de treinta días, cada uno constituido por tres decenas de días, y acaba con los cinco días faltantes para sumar los 365. Estos últimos cinco días se consideran fiestas nacionales y están dedicados a la virtud, el talento, el trabajo, etc. El problema de los años bisiestos (y sus derivados cada cien y mil años) se resolvió con un día denominado franciada en el que se celebraba el día de la revolución.

Para intentar dar a conocer el calendario al público general y propiciar el uso y el cambio del calendario gregoriano, se le pidió a un poeta que eligiera nombres fáciles de recordar para cada uno de los meses de año. De esta forma, los nombres elegidos estaban relacionados con la climatología y se utilizaron distintas reglas nemotécnicas para distinguir los tres meses de cada una de las cuatro estaciones. Además, cada uno de los días del año fue dedicado a elementos del mundo natural (animales, plantas, minerales o herramientas).

Podemos ver en la siguiente imagen los distintos nombres que recibieron los doce meses en este calendario:

El calendario, tras la subida al poder de Napoleón Bonaparte, tuvo los días contados y se abolió con el inicio del año 1806. Las razones que explican la vuelta al calendario gregoriano son varias, algunas de las principales son:

- Con el nuevo cambio de régimen, el calendario revolucionario dejaba de tener sentido. Napoleón usó la vuelta al calendario usual como una forma de reconciliarse con la Iglesia que estaba en contra de éste y de legitimar su golpe de Estado en Francia.

- El calendario revolucionario era demasiado matemático y artificioso. El calendario gregoriano, aunque es cierto que ensalzaba la figura de los santos, tenía como raíces los calendarios egipcio y babilónico que consideraban los flujos lunares y de la tierra como su principal razón de ser. La inclusión de los últimos cinco días en el calendario revolucionario era un intento de los sabios franceses para que la conversión fuera completa, pero el ritmo que marcaban los meses de 30 días no se ajustaba correctamente con los ciclos astronómicos que se daban en la realidad.

-  Era un calendario que solo se usaba en Francia y que, por ese mismo motivo, separaba al país del resto de países circundantes. Es cierto que durante el período revolucionario hubo otros dos intentos de cambiar la forma de medir el tiempo y las longitudes además del cambio de calendario (los días de 10 horas, 100 minutos y 100 segundos y la convención del metro como sistema de longitud general). El primer caso fracasó de forma estrepitosa y el segundo sigue vigente en nuestros días. El calendario revolucionario fue una mezcla de ambos, fracaso al final, pero permaneció vigente durante casi 15 años y hubo un amago de volver a instaurarlo en 1871 tras la Comuna de París.

A mi modo de ver hay una razón más, aunque un poco más escondida. En todos los cambios que se realizan de este tipo, la población tiene mucho que ver y que decir. Unas veces los sistemas nuevos se aceptan y otras veces no. El sistema métrico decimal fue aceptado ampliamente por la población francesa porque ella misma veía la necesidad de un sistema que midiera las longitudes de la misma forma a lo largo de todo el país. Del mismo modo, y con un ejemplo más cercano a nuestros días, el cambio de la peseta al euro fue necesario debido al intercambio monetario que pretendía imponerse en todo el territorio de la Unión Europea.

Los cambios también pueden aceptarse aunque no los pida específicamente la población, pero en este caso deben ser conversiones mucho más simples. El cambio de la medición del tiempo a un sistema decimal no fue aceptado precisamente por ello. Cambiar de una base hexadecimal a una decimal no es fácil y el proceso de intercambiar toda la cantidad de relojes que existía en aquella época se tornaba prácticamente imposible. El calendario, por otro lado, es un sistema a caballo entre ambos: era lógico y no se veía tan complicado como el cambio de reloj, pero no era un cambio que necesitará la población francesa en realidad.

Las causas de su desaparición probablemente también vinieron porque con solo 15 años, volver al calendario gregoriano fue muy fácil. El resto de países lo seguía utilizando y, por consiguiente, ese calendario no desapareció del todo en la población francesa. Si algún ciudadano viajaba a Alemania, a Italia o Inglaterra tendría que adaptarse a su calendario. Por lo tanto, la conversión entre ambos sistemas seguramente se realizara casi todos los días.

No es así, por ejemplo, con el cambio de la peseta al euro, del que han pasado ya 21 años. En este caso, el cambio fue total y no se ha seguido utilizando la conversión en pesetas de forma asidua. Prácticamente solo las personas que durante muchos años compraron bienes con esa moneda recuerdan la estructura de su funcionamiento. Las nuevas generaciones desconocen como funciona el sistema de precios con la peseta y, por lo tanto, una vuelta a ese sistema en nuestros días se vería no como un cambio al antiguo sistema que todos seguían conociendo como en la población francesa, sino como un cambio a un sistema desconocido para muchos de sus ciudadanos.

Esto, para mí, también explica que la vuelta al calendario gregoriano en la Francia de 1806 se aceptara igual que se aceptó el cambio al calendario revolucionario. Los ciudadanos seguían conociendo el anterior sistema y veían muchos más puntos a favor en volver a usarlo que en seguir con el calendario que medía el paso de sus días en ese momento.

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